Federico Sturzenegger viajó a Iguazú para participar de la 47.ª Convención Anual del IAEF con una misión muy clara. Más que responder a los planteos del titular de la UIA, Martín Rappallini, por el Día de la Industria, el ministro de Desregulación fue a marcarle la cancha a su compañero de Gabinete e histórico rival, Luis Caputo. Durante su exposición dejó varias señales: casi no habló de finanzas, pero se ocupó de tachar las medidas de reactivación microeconómica que el Palacio de Hacienda empezó a cranear para calmar los reclamos empresarios y el malestar de la calle, dos frentes que amenazan el proyecto reeleccionista de Javier Milei.
Según deslizan los visitantes del quinto piso del Ministerio de Economía, Caputo tiene en carpeta una serie de medidas de alivio que esperan el visto bueno presidencial. Del otro lado, Sturzenegger intensificó su lobby para profundizar el ajuste y retirar al Estado de cualquier intervención. No están en las antípodas ideológicas, pero leen realidades distintas. El jefe de Hacienda piensa en las urnas y busca asegurar que su plan de estabilización no naufrague por un "temporal pasajero" derivado de la propia recesión. En cambio, el "Coloso" —como lo apoda Milei— apuesta a probar teorías de equilibrio de los años 50 que hasta ahora no tuvieron éxito empírico.
"Tienen un margen de 90 días para poner en marcha medidas que generen algún derrame social y convenzan a la gente de volver a votar a Milei. Si pasan de diciembre, ya no impactan. Se necesita rapidez y profundidad, se acabó el tiempo para los maquillajes", le confesó a PERFIL una fuente con acceso directo al Palacio de Hacienda. Caputo no consiente en público, pero tampoco rechaza la idea en privado. "No dice nada, pero el olfato marca que coincide con este planteo", agregó.
Aunque Milei jura en público que redoblará la ortodoxia y no relajará la macroeconomía, en los últimos días habilitó el uso de activos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) de la Anses para reactivar créditos hipotecarios. Además, avaló ponerles un piso a los salarios para recuperar poder adquisitivo y empezó a evaluar esquemas para resucitar el comercio. "Hace bien en decir públicamente que sostiene el modelo, de lo contrario desestabilizaría las expectativas. Pero puertas adentro escucha lo que Caputo le recomienda para ganar elecciones", confió un empresario con acceso a la Casa Rosada.
Los industriales sabían que Sturzenegger viajó a Misiones solo para retrucar, punto por punto, los siete puentes que propuso la UIA para reanimar la economía. El armado de ese credo empresarial no nació únicamente de la parálisis fabril, sino que recogió escenarios planteados por el propio Fondo Monetario Internacional (FMI), que ya advirtió que una recesión larga puede golpear la recaudación y hacer tambalear las cuentas públicas. "Si los ingresos siguen cayendo, vamos a tener un conflicto macroeconómico grave. El ajuste no puede ser eterno", razonó un técnico al tanto de las charlas con los enviados de Washington.
Sturzenegger sabe que existe un lobby cruzado de funcionarios y empresarios para flexibilizar la meta de inflación 0%. La propuesta de este sector es mirar el modelo chileno: bajar el IPC a la zona del 2% mensual y tener paciencia un par de años para equilibrar la actividad, el empleo y los precios. Para lograrlo, le piden a Caputo que afloje el torniquete fiscal, libere encajes bancarios y permita que el tipo de cambio corra hacia la banda superior, hoy por encima de los 1.800 pesos. Esa maniobra pondría más plata en la calle y calmaría el clima electoral.
En reuniones cerradas, el ministro de Economía ya admitió que mantener una exigencia tan extrema puede costar caro en las urnas. La pesadilla de Caputo es que el éxito técnico de su estabilización quede sepultado por una derrota electoral. A Sturzenegger, en cambio, poco le importan los temores de su archirrival de los años del macrismo. La herida sigue abierta desde aquel 28D de 2017, cuando, acorralado por la jefatura de Gabinete, el entonces titular del Banco Central tuvo que ceder y relajar sus metas de inflación. Casi una década después, la convivencia entre los dos estrategas de la era Milei sigue pendiendo de un hilo.
La confianza del mercado en la reelección es un semáforo que desvela al Palacio de Hacienda. Lo novedoso ahora es que fue la propia retórica del Presidente la que terminó disparando el "riesgo electoral". Tras varias semanas de tensión, el mercado financiero se había estabilizado hacia la baja en los últimos días de agosto. Todo indicaba que la curva de los bonos se encaminaba a un respiro sostenido. Sin embargo, ese escenario cambió de golpe cuando Milei sentenció en público que "si la gente votaba otra cosa, se estaba suicidando".
El foco informativo pasa justamente por ahí: en lugar de calmar los ánimos, las palabras del mandatario hicieron que el riesgo vuelva a subir, pegando un nuevo pico. Tras esa frase, la tasa forward que mide la transición entre los títulos de 2027 y 2028 voló al 16,4% a principios de septiembre. Como reflejo automático, los números que mide la consultora Eco Go confirmaron que la probabilidad implícita de derrota del oficialismo pegó otro estirón y ya roza el 46%. La City decodificó la advertencia presidencial como un síntoma de debilidad máxima de cara a las urnas.
Con este telón de fondo, la interna en el Gabinete económico libertario volvió a hervir. Hasta ahora, Caputo y Sturzenegger habían logrado complementarse para empujar la estabilización y las reformas de fondo. Pero los tropiezos en el Congreso de medidas clave de Desregulación (como la Ley de Tierras o el régimen de prácticas en los puertos) dejaron debilitado al ex titular del BCRA. Para no perder terreno, Sturzenegger pasó a la ofensiva y se metió de lleno a marcarle la cancha a la política económica, detonando la tensión en Hacienda. Una guerra fría que el debate electoral anticipado amenaza con cobrarle carísima al Gobierno.
Durante la convención del IAEF, Sturzenegger desempolvó un clásico de 1948 para retrucar los reclamos de la UIA y del CEO de Techint, Paolo Rocca: la teoría de igualación de precios de Paul Samuelson. Según este texto, el libre comercio internacional alcanza por sí solo para "nivelar la cancha", subiendo de forma automática los salarios de los países en vías de desarrollo a medida que exportan.
Los empresarios, sin embargo, rechazan esta mirada por considerarla vieja y propia de la academia. Alertan que el modelo asume un mundo ideal con el mismo nivel tecnológico para todos, cuando en la realidad la automatización destruye empleo manual. Además, advierten que la geopolítica juega en contra: el proteccionismo de las potencias hace que la riqueza quede en los países centrales. Para el sector productivo, este esquema empuja a la Argentina a competir bajando salarios, sepultando cualquier promesa de equilibrio global.