Si esa presión que Independiente propuso en el inicio hubiese tenido red, la historia probablemente habría sido otra. Porque en los primeros 15’, Vaccari sorprendió con un planteo agresivo, alto, intenso. Pero lo poco que generó su equipo no tuvo condimento de gol (un problemón: en los últimos cuatro partidos no hizo goles), por lo cual terminó siendo el detonante de un plan que no anduvo en Chile.
La contracara fue la U. Supo soportar el tsunami que encontró desde el vamos y luego empezó a hacer lo que mejor sabe: mover la pelota. En el medio le ganó el partido al Rojo. Con cinco tipo de camiseta azul movió la redonda a su gusto una vez que pudo hacer pie en un Estadio Nacional que rugía. Y con el gran manejo de Aranguiz, Salomoni y, sobre todo, Hormazábal, les complicó la vida a Rey y compañía.
Para peor, el CAI empezó a fallar en el fondo cuando vio que el desgaste del inicio no le dio frutos. Además de ser desprolijo, cometió errores en lugares calientes del campo. Como ese de Zabala a los 35 minutos, cuando la perdió de manera insólita y la arremetida de Hormazábal terminó en una asistencia para una genialidad de Assadi, quien definió desde fuera del área como si fuese un penal: un golazo terrible.

El festejo de Assadi (EFE).
Independiente tuvo momentos que invitaron a soñar pero enseguida se le cayó el castillo de naipes. Porque arriesgó mucho al jugar tan arriba y sus principales nombres no dieron la talla para bancar un planteo agresivo. Sumado a la desconexión del fondo, se vio a un Cabral desarticulado, con pinceladas como un caño brillante pero sin esas apiladas hacia adelante que generaran peligro. Loyola estuvo desaparecido en su país, como si hubiese ido a respirar aire de Cordillera en lugar de aportar para el equipo. Mazzanti no se encontró ni por la izquierda ni por la derecha en ataque, tratando de salvarse con alguna jugada que intentó cerrar pero no pudo. Abaldo corrió (sobre todo en el ST) y se hizo echar, y Montiel aportó su pegada que esta vez fue inofensiva.
Pero, se dijo, el medio fue el talón de Aquiles. Y Fernández Cedrés tuvo mucho que ver en un desorden colectivo que le hizo daño al planteo agresivo que pensó Vaccari cuando apoyó su cabeza en la almohada por última vez antes del partido. No le salió lo que pretendía, en parte, porque sus fichas estuvieron mojadas.
La U se encargó de desnudar las falencias del Rojo cuando agarró la pelota y, por momentos, lo dejó sin ropa y lo forzó a cometer varios errores incluso en salida. En el segundo tiempo cambió un poco el mapa, cuando entró Ávalos, pero apenas un espejismo más allá de que Cabral y Abaldo tuvieron dos claras.
Para la revancha en Avellaneda habrá que seleccionar mejor los naipes o usarlos sobre otro paño. Anoche se vieron dos focos de duda. Los jugadores no estaban convencidos del planteo o los rendimientos personales, que el DT no pudo modificar, atentaron su idea que podría haber sido productiva bien ejecutada. Seguramente los chilenos pisarán Avellaneda con más especulación. Vaccari ya no tiene margen de error.

Vaccari, contra las cuerdas (AP).