A ese activo invalorable habrá que sumarle el cómo, la forma: el empate lo metió Soldano, tras 16 partidos sin convertir, justo cuando Russo lo piensa otra vez de titular para revertir la serie de la Libertadores. Y el triunfo lo hizo Cardona, con un golazo digno de su talento, de su magia, justo cuando Edwin era uno de los candidatos a salir contra Racing. Para un lado o para el otro, a Miguel le sirve como señales de esperanza para el partido que definirá el 2020.
Antes de eso, antes de que Boca cortara su racha futbolística y anímica, Independiente tenía el partido en sus manos. Porque en el arranque, como si estuviera guionado, como si fuera obra de algún libretista diabólico (nunca tan justo), le había mostrado a Boca lo que fue a buscar en algún momento del parate por la pandemia. Y se lo había mostrado de la forma más dolorosa, más hiriente, más paradójica: con ese gol de Silvio Romero, el delantero que el Xeneize quiso contratar, tras un centro de Fabricio Bustos, el cuatro que también quiso abrochar.De todos modos, a Boca le costó mucho reaccionar. Salir de ese navegar de aguas profundas en el que venía. Es cierto que lo que más preocupa es la Copa, lo que más inquieta es lo que viene, lo inmediato, lo definitivo, pero otra vez el nivel general no dejaba las mejores señales. Hasta que apareció Soldano. Y la luz.
Ese gol, el 1-1, le sirvió tanto al Boca del campeonato como al Boca de la Libertadores. Porque fue el inicio de la resurrección. Porque puso al ex Unión en el terreno de la esperanza, ahora sí, para revertir la serie contra Racing. Porque le dio pie al golazo de Cardona, quien entró en la versión top con la que se había ganado la titularidad. Cuando Edwin está así, es otra historia. Es otro Boca.

Para Independiente fue todo pérdida. Porque no sólo lo tenía 1-0 y lo pudo cerrar antes (además de fallar el penal, Roa se perdió un mano a mano contra Rossi), sino porque después de la eliminación copera, esta caída lo hunde todavía más en la decepción. Una derrota sobre la hora, después del golpazo que le dio Lanús, era lo que le faltaba al pobre Pusineri para someterse su ciclo a las críticas más crueles.
Boca sigue en carrera en el torneo local. Y llega con otro semblante, con otro espíritu, quizás con nuevos intérpretes (¿Soldano? ¿Zárate?) al mata-mata contra Racing. No es poco. Por eso el triunfo vale tanto. Porque le ganó a Independiente en el Libertadores (¿otra señal?). Porque lo dio vuelta como no le había pasado nunca en el año. Pero sobre todo, porque se venció a sí mismo. Y quizás, tal vez, haya sido justo a tiempo.