El Rojo viajó cargando a cuestas una mochila cargada de obligaciones. Y sintió el peso de las responsabilidades. Los de Avellaneda tuvieron un 69% de posesión en el primer tiempo, pero carecieron de profundidad. La tenencia fue inocua porque Independiente se tornó muy predecible en cada avance, sin cambio de ritmo, aceleración ni fluidez en los últimos metros.
El equipo tiene muchos jugadores cortados con la misma tijera: Domingo Blanco, Alan Soñora y Tomás Pozzo generan juego hasta tres cuartos de cancha, pero no suelen aportar la profundidad que es indispensable para que Leandro Benegas tenga un poco más de acompañamiento en el área.
El Rojo salió con más decisión en el complemento. Si bien no abundaron las ideas, intentó empujar, presionar y arrinconar al adversario. Y fue en ese momento cuando se vio lo mejor del equipo de Domínguez, que le dio algo de color a una cara pálida.
Los centros, muchas veces imprecisos, sumados a remates de afuera del área, fueron la vía mediante la que el equipo se arrimó cuando no encontraba clarificar los caminos. Gastón Togni y Domingo Blanco, quien luego abrió el partido, habían tenido situaciones claras antes del 1-0 parcial.
Una vez en ventaja, el Rojo sufrió ante un rival que se animó a salir. Sebastián Sosa tuvo que exhibir sus reflejos para contenerles disparos a Flores y Bolívar. Independiente resistió y Leandro Fernández bajó la persiana con una gran definición. La victoria le dio oxígeno.